(Cuento. De mi libro Nahual, de próxima aparición)

La clase estaba animada en el salón de sexto grado de primaria. El maestro narraba a los niños algunas leyendas del México antiguo. La pregunta llegó de modo natural, cuando uno de los alumnos levantó la mano:

—Maestro ¿de dónde viene el nombre de nuestro país, México?

El docente, mostrando en su rostro la satisfacción por la pregunta, contestó:

—Existen varias versiones. Me referiré sólo a dos, las más aceptadas, por cierto. La una dice que el nombre viene de tres elementos del idioma náhuatl: meztli, luna; xictli, ombligo y co, lugar. Así, la palabra se traduciría como “En el ombligo de la luna”. Recordemos que la ciudad capital de los mexica o azteca, México-Tenochtitlan, se fundó en un islote dentro del Lago de Texcoco. Y que este lago era conocido entonces como el Lago de la Luna. Así, podríamos pensar que la idea original de los antiguos mexicanos acerca de su ciudad sería: “En el centro del Lago de la Luna”. La otra versión tiene que ver con la leyenda de la planta mexcalli. Y como la clase trata de estas valiosas manifestaciones de la tradición oral, las leyendas, agucen su atención porque la narraré ahora:

Contaban los viejos, decían nuestros abuelos que Dios Quetzalcóatl, luz de todo lo existente, luego de crear el Quinto Sol y el mundo nuevo, dio vida a la humanidad con los huesos de los hombres de los mundos anteriores. Pero, primero fue por tales huesos al Mictlán, el reino de los muertos. Llevó consigo a Xolo, su perro nahual, para que intercediera por él, porque los dioses no podían relacionarse directamente con los seres del mundo. Burlaron la vigilancia Mictlantecutli, el rey de los muertos y, robaron los huesos sagrados. Durante el camino de salida del inframundo, unas abejas que revoloteaban dentro de un caracol, tratando de escapar de la trampa, asustaron a Quetzalcóatl y a Xolo. Estos, a causa de la impresión, soltaron el atado de huesos que, por el golpe en el suelo, se fracturaron. ¿Qué haremos? preguntó el dios. ¡Vámonos rápido, que así han de servir! contestó el nahual Xolo.

Una vez fuera del Mictlán, Quetzalcóatl molió los huesos y los fecundó con su sangre. Luego, sembró aquella masa en el vientre de la Madre Tierra, Coatlicue. Así se dio existencia y vida a los hombres y mujeres del Quinto Sol.

Eso decían los antiguos, eso platicaban.

El Dios se preguntaba entonces ¿Cómo han de vivir? ¿De qué han de alimentarse estas creaturas, los nuevos hombres y mujeres del mundo recientemente creado?

Debemos proveerlos de sus mantenimientos, de los bienes que abonen a su existencia, se contestaba a sí mismo Quetzalcóatl.

Por eso, con el auxilio de su nahual hormiga, rescató del cerro sagrado los granos de maíz. Y miró que eran buen alimento. Pero faltaban otros mantenimientos… Habría que vestirlos, calzarlos, curarlos, saciar su sed, alegrar sus corazones, darles instrumentos para la caza y la pesca.

Por tal motivo visitó los confines del todo, esperando encontrar los bienes necesarios.

Contaban los antiguos, que en su recorrido encontró a las Tzitzimime, las estrellas, gobernadas por su abuela Tzitzímitl, la luna; una familia terrible, temida y conocida por los antepasados como los Monstruos Descarnados de la Noche, destinados a devorar a los humanos. Estas Tzitzimime, hijas del obscuro Tezcatlipoca, miraban iracundas el mundo recién creado. Inconformes con la creación del Quinto Sol, trataban de impedir su recorrido por el firmamento.

Quetzalcóatl sabía de esta rivalidad, pero le asombró encontrar en aquella siniestra familia a una encantadora doncella: la nieta menor de Tzitzímitl, una joya, virtuosa y bella.

Pero ¿Por qué se asombraba ahora el dios? ¿Acaso no había creado en el desierto la hermosa flor de tuna, rodeada de pencas de nopal, armadas con afiladas espinas e incómodos aguates para protegerla?

Enamorado de la nieta menor, decidió rescatarla para sí. Esperó a que llegara la luz del día, cuando las Tzitzimime duermen, para acercarse a la doncella.

Entonces, llegó hasta ella el dios y, con tiento para no despertar a la abuela y su terrible familia, susurró en su oído tiernas frases de amor.

La joven abrió sus ojos y descubrió a quien le halagaba con suave voz musical, con palabras tan dulces como la miel de las abejas silvestres.

Ella, al ver al dios, adornado con su tocado de plumas de quetzal, quedó prendada también.

Quetzalcóatl la invitó a conocer el mundo recién creado. Ella dudó un instante, pues conocía el carácter irascible y vengativo de su abuela. Al fin, decidió atender el llamado de su corazón y acompañar al dios, sujeto de su fascinación.

Quetzalcóatl la paseó por los rincones del mundo nuevo, mostrándole extensos lagos, ríos caudalosos, azules mares, prados y selvas floridas, coloridas aves y mariposas.

En ella no cabía el contento por admirar tantas maravillas.

Luego del intenso y gozoso recorrido, los enamorados decidieron disfrutar de su pasión fundiéndose en un abrazo. La prodigiosa unión dio como fruto a un árbol con dos ramas: una era el dios y la otra, la doncella. Pensaban esconderse así de la mirada de las Tzitzimime.

Cuando cayó la noche, la terrible abuela se percató de la ausencia de la nieta menor. Consultando con el espíritu de los muertos, se enteró de lo ocurrido.

Con voces altisonantes, convocó a las tzitzimime para que la acompañasen a buscar, por los confines del mundo, a la nieta ingrata.

La vieja era astuta y pronto dio con el árbol de dos ramas. Descubrió, en la que apuntaba al oriente, un redondo cogollo y de éste brotando un xiote cubierto de flores blancas. Es, sin duda, Quetzalcóatl, dijo la abuela. Y ordenó a las Tzitzimime que desgajaran la rama que apuntaba al poniente, la desmembraran y devorasen hojas y corteza, dejando sólo los huesos de ella.

Consumada la venganza, la terrible familia ascendió al firmamento para seguir atisbando desde arriba.

Decían nuestros abuelos, los viejos sabios que poseían los libros pintados en papel amate y cueros de venado, que….

Inundados sus ojos en lágrimas de rocío, el dios recogió los huesos de la otrora hermosa doncella. Los encarnó con su savia y los pegó alrededor del cogollo verde, desde donde el enhiesto xiote florecía. Para evitar un nuevo ataque de las Tzitzimime, los proveyó de afiladas puntas y espinas.

Nació así la planta de mexcalli: la casa de Mexi, el espíritu creador de Quetzalcóatl; pero también, la casa del espíritu amoroso de Meyehualli, o Mayahuel; la que se abraza alrededor del metl (agave), que florece en xiote (jiote o quiote, como lo llamamos ahora).

Mexcalli, la planta que a los antiguos mexicanos proporcionara tantos beneficios. La planta que nuestros antepasados adoraron como recinto de Mexi y Mayahuel, sus primeras deidades vegetales.

Derivado de la palabra Mexi, su primer dios vegetal, nuestros abuelos se llamaron a sí mismos mexica, y a su ciudad capital, siglos después, llamaron México.

Eso contaban nuestros abuelos; los viejos sabios, poseedores de los libros pintados.

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