Éramos jóvenes,
cuatro estudiantes de Literatura
que acudían a la última cita
en un café de la risueña capital nayarita.
La despedida fue larga y,
al final,
chocamos tazas,
agotamos nuestros capuchinos y,
prometimos regresar.
Con certificado en ristre,
cada uno, por separado,
abordamos nuestras naves,
emprendiendo el viaje incierto
hacia el futuro.
Atrás quedaban las bromas juveniles,
las estudiantiles carcajadas,
´la cura´, pues;
las clases de latín,
de francés,
de romances lenguas;
las clases de literatura con el maestro Fabila,
los análisis literarios,
las tareas,
las exposiciones ante el grupo.
Porque…éramos el eterno equipo de trabajo,
Los Tres Mosquetero que,
como en la novela de Dumas,
en realidad
éramos cuatro:
Amparo, Héctor, José Jorge y Juan Manuel.
Amparo era la bella del equipo y,
yo, la bestia, supongo
o Jorge Elías…ya no recuerdo.
Escena montada en los setenta,
con el telón de fondo
de los últimos veranos de la década.
¿Que si ha llovido desde entonces…?
Y,
prometimos regresar,
sin importar los estragos del redondo viaje:
las arrugas, las canas, la papada,
la panza cervecera,
las ojeras…
Prometimos armarnos de valor y,
regresar,
´…en el mismo lugar y con la misma gente´,
(sólo para citar al Divo de Juárez).
Y,
´…cada quien agarró su camino,
cada quien escogió su estrella…´
(para recordar también a José Alfredo)
Hizo cada uno su vida,
libró cada cual sus batallas,
embistió cada quien sus molinos de viento…
Salió cada cual maltrecho de su particular Lepanto, pero,
habría que honrar la palabra empeñada,
habría que retornar,
abrazar el reencuentro,
aún,
sí con las alas rotas.
Y, henos aquí,
calentando motores,
templando ánimos
para volver al presente
(de aquellos tiempos, por supuesto)
para abandonar este futuro
(de aquel entonces, off course)
Y volver a los tiempos idos,
guiando nuestro navegar de retorno
con el astrolabio de la evocación,
con la brújula de los recuerdos,
apretando con pulso trémulo el timón
para no errar el sendero,
para no salir de la ruta trazada
por una memoria desmemoriada.
Guíe, pues, Dios nuestros pasos
para encontrar,
entre las brumas del anhelo,
el mayo venidero.


