(El Tintero PV)
Todas las noches, Tochtli, el anciano patriarca de Meztlán, población nahoa asentada en las faldas de la serranía del poniente, se reunía con jóvenes y niños para narrar historias y mitos de su raza.
Esta era una ocasión especial. La aldea celebraba el inicio de la cosecha del maíz tierno y las mujeres habían preparado tamales y atole del sabroso manjar, regalo de la madre Tonantzin, la diosa joven de los mantenimientos.
Mientras su audiencia disfrutaba de las ricas viandas, el abuelo iniciaba así su relato:
Hoy narraré dos historias. La primera: una de las tantas que se dicen del origen del maíz, nuestro alimento, nuestra carne y, la segunda: acerca de la creación del mundo que habitamos; pues han de saber que hubo otros mundos, creados y destruidos, antes del nuestro.
La primera se refiere a que, cuando Quetzalcóatl creó a los habitantes de este mundo, anduvo durante varios días desesperado pues sus criaturas tenían hambre y lloraban como lo hacen los recién nacidos cuando no encuentran el seno de la madre.
Quetzalcóatl, nuestro padre, acostumbrado a las grandes obras de su ingenio: la creación de estrellas, de mundos y de mares, habíase descuidado de aprender la solución de los problemas menores. Encargó el asunto a su hermano gemelo, Tezcatlipoca. Éste no simpatizaba con los seres humanos, por no ser obra de él. Dijo que sí, que se encargaría; pero sólo fue para para dilatar la satisfacción de los seres humanos.
Pasaban los días y el llanto de las criaturas llegaron a los confines del Todo, lastimando los oídos del creador. Quetzalcóatl, que estaba empeñado en otras creaciones, atendió en cuanto pudo el lastimero llamado. Pero cayó en cuenta de que no sabía cómo resolver el problema. Entonces, acudió a su hermana, Xilonen, la joven diosa, que amamantaba entonces a su hijo recién nacido.
Para lograr su ayuda, Quetzalcóatl acercó al oído de la diosa un caracol, en el que estaban atrapados los lamentos de las hambrientas criaturas. A Xilonen se le estrujó el corazón y, oprimiendo uno de sus turgentes pechos, dejó caer una gota de leche. Por prodigio divino, la gota se multiplicó en el firmamento, creando la Vía Láctea, o Leche de Xilonen, como llamamos nosotros. De ésta, cual sereno, estilaron una noche las gotitas para fecundar la tierra y hacer surgir las milpas.
El anciano calló. Con vívida mirada recorría cada uno de los rostros de su ávida audiencia.
Desde la primera fila, un chiquillo panzón lo interpeló:
—¿Por qué callas, abuelo? Prometiste dos cuentos.
Tochtli esbozó una amplia sonrisa. Sus enseñanzas resultaban interesantes. Con benevolencia contestó al niño:
—Espera un poco, Chilpetín. Mientras yo hablaba, tú le has tundido generosamente al atole y los tamales. Deja que me empareje un poco. Aunque viejo, también tengo apetito.
—Ja jajá— reventaron todos en carcajadas; mientras el patriarca arremetía en contra de la vianda de los tamales.
Pero no los hizo esperar mucho. Limpió sus bigotes con una hoja de plátano y prosiguió su relato así:
Antes de esta época en la que vivimos ahora, y que se llama Quinto Sol, hubo otras cuatro épocas o soles.
En el principio de los tiempos, el dios Ometéotl, padre supremo, ordenó a sus hijos gemelos Tezcatlipoca y Quetzalcóatl que formaran el mundo.
Tezcatlipoca, señor de la oscuridad y de la noche, lo hizo y lo pobló. Pero a Quetzalcóatl no le gustó y lo destruyó, inundándolo con las aguas del mar. Los seres humanos se convirtieron en peces. Sólo una pareja se salvó, refugiándose en un troco hueco de ahuehuete. Fue ésta la Época de Agua o Sol de Agua.
“Luego de esto, Quetzalcóatl, dueño de la luz y del día, hizo el segundo mundo y lo pobló. Pero Tezcatlipoca, resentido, lo destruyó con lluvia de fuego, con erupciones volcánicas. Éste se llamó el Sol de Fuego o Segundo Sol.”
Entonces, Tezcatlipoca hizo y pobló el tercer mundo. Pero Quetzalcóatl lo destruyó con terribles huracanes y vientos congelantes. Por eso a éste se llamó El Sol de Viento.
No tardó Quetzalcóatl en hacer el Cuarto Sol. Pero Tezcatlipoca destruyó a sus habitantes con las guerras. A éste le llamaron el Sol de Tierra o Cuarto Sol.
Ometéotl, que miraba atento el conflicto entre sus hijos, los llamó. Les preguntó:
—¿Se dan cuenta de que yendo cada uno por su lado, no llegaremos a ninguna parte?
Los gemelos acataron el regaño de su padre y convinieron en trabajar en concierto.
Hicieron el Quinto Sol. Y vieron que el mundo era tan sólo una bola de agua, el mar.
—Necesitamos la tierra firme, para que puedan habitar en ella nuestras criaturas, dijo Quetzalcóatl.
—¿Te parece bien que yo pesque a Cipactli, el gran cocodrilo que habita en el océano? — preguntó Tezcatlipoca.
—Sí. Me parece bien, hermano— contestó Quetzalcóatl.
Entonces, a manera de sebo, Tezcatlipoca metió uno de sus pies al mar. Cipactli acudió y mordió el pie divino. Así, el dios atrapó al enorme lagarto, pero perdió su pie. Por eso ahora lo representamos en los libros pintados con un pie y un muñón.
A Tezcatlipoca la pérdida no pareció importarle; pero sólo lo pareció, porque era muy rencoroso. Desolló al animal y extendió su cuero por el mundo. Así creó la tierra firme y las montañas sobre el mar, en el mundo del Quinto Sol.
Pero Cipactli no quedó contento con lo que le hicieron. De vez en cuando causa problemas a las criaturas del Quinto Sol. Provoca la erupción de los volcanes y los terremotos. Mueve violentamente la piel del mundo. Por eso a este Quinto Sol llamamos también Sol de Movimiento. Y se dice que a causa de este movimiento algún día habremos de perecer.
Les decía que… el dios Tezcatlipoca era rencoroso y vengativo. Y como nunca olvidó lo de su pie cercenado, ordenó a su nahual preferido, el jaguar, que devorara a los descendientes de Cipactli.
Por esa razón, el acérrimo rival de los lagartos es Tepeyólotl, el corazón del monte, el terrible nahual de Tezcatlipoca, el fiero jaguar, espíritu de la noche.


