Jamás lograron encontrarse
aunque durmiesen en la misma alcoba,
cada cual en su mundo paralelo.
Ella,
esperando el plenilunio
para seguir soñando con Florencio,
en el reventadero de las olas
de Melaque;
esperando luna nueva
para escapar de los acechos del padrastro,
en la lejana Andrómeda.
Y
él,
en su necesidad de amor
que lo rescate de su espíritu-violencia,
de maldición-expolio;
la evocación en carne viva,
el ruego ateo al punto de oración,
esperando
(en desespero),
al próximo lector;
la apertura próxima del libro
que dé luz al volumen
para seguir deambulando,
de párrafo en párrafo,
de página en página,
preguntando por ella,
en la parte segunda
de la magna obra de Rulfo.


